Qué son los esquemas maladaptativos tempranos y por qué no desaparecen
Que no notes un esquema no significa que haya desaparecido. Los momentos difíciles suelen hacerlo mucho más visible, y eso hace fácil confundir la presentación con el contexto en que se enciende.
Mientras lees este párrafo estás filtrando. Hay frases que te van a sonar ciertas antes de que termines de leerlas y hay otras que vas a pasar de largo sin registrarlas. Al final del artículo vas a recordar tres o cuatro ideas, no todas, y las que se queden probablemente no serán las más importantes, sino las que encajaron con algo que ya traías. Algo parecido está pasando mientras lees esto. Y el criterio con el que se decide esto no lo elegiste hoy.
Esa operación, la de organizar la información que registras, qué significado adquiere y qué te resulta inmediatamente plausible, es una de las cosas que puede hacer un esquema. No es la más dramática. Es la más constante.
La palabra esquema no nació en psicoterapia. Viene de la psicología cognitiva, donde nombra una estructura de conocimiento que organiza la percepción y la memoria: el marco previo con el que reconoces una situación sin necesidad de un análisis deliberado, y que influye en qué información atiendes y cómo la organizas. Jeffrey Young tomó esa idea general y recortó dentro de ella un subconjunto clínico: los esquemas que se forman cuando el ambiente temprano no cubre necesidades emocionales, y que después siguen organizando la lectura del mundo adulto. A ese subconjunto lo llamó esquemas maladaptativos tempranos.
Casi todo lo que se malentiende sobre ellos viene de una confusión sencilla, y es la que da forma a este artículo: un esquema no es lo mismo que su activación. Lo que la mayoría de las personas describe cuando habla de esquemas es el momento en que uno se enciende, se apodera de todo durante un rato y después cede. Esa descripción captura muy bien cómo se vive. Lo que deja fuera es otra parte del proceso: que el esquema sigue ahí entre un episodio y otro, y que dejar de sentirlo no equivale a que ya no exista.
Por qué era necesario el concepto
Young empezó a desarrollar el modelo al encontrarse con pacientes cuyos problemas crónicos y patrones interpersonales no respondían lo suficiente al trabajo cognitivo convencional. El pensamiento automático seguía siendo relevante, pero no alcanzaba para explicar la estabilidad y la repetición de esos patrones: las mismas relaciones armándose de nuevo, las mismas decisiones tomándose otra vez, durante décadas.
El concepto permite explicar por qué el mismo hecho aterriza distinto en dos personas. Llega un correo idéntico, y para una es información y para la otra es evidencia. Y permite explicar por qué ciertas reacciones resultan desproporcionadas frente al detonante y bastante proporcionadas frente a la historia. Bär y su equipo (2023) lo resumen bien al describir los esquemas como filtros que dan forma a cómo predecimos, ordenamos e interpretamos el entorno.
Hay además un rasgo del modelo que conviene tener presente desde el principio. Wendy Behary lo describe magistralmente: Como los esquemas empiezan temprano, terminan volviéndose familiares. Esa familiaridad ayuda a explicar por qué tendemos a interpretar experiencias nuevas de maneras que conservan su validez. No porque queramos sufrir, sino porque un mundo que confirma el mapa que ya tienes se siente inteligible, y uno que lo contradice se siente inestable.
Qué es un esquema maladaptativo temprano
La definición operativa del modelo es de Young, Klosko y Weishaar (2003), y conviene detenerse en cada parte. Un esquema maladaptativo temprano (EMT, de aquí en adelante) es un tema amplio y generalizado, compuesto de memorias, emociones, cogniciones y sensaciones corporales, referido a uno mismo y a la relación con los demás, formado durante la infancia o la adolescencia, elaborado a lo largo de la vida y disfuncional en un grado significativo.
De esa definición se siguen tres cosas que en la práctica pesan mucho.
La primera. Un esquema no se limita a una creencia. En terapia cognitivo conductual se llama creencia central a una conclusión profunda y general sobre uno mismo, los demás o el mundo: soy incompetente, no soy querible, no se puede confiar en nadie. Creencias así pueden formar parte del contenido cognitivo de un esquema, pero un EMT incluye además recuerdos, emociones y sensaciones corporales. Por eso, cuando algo toca un esquema, muchas veces no respondes primero con un argumento: la activación puede sentirse en el cuerpo y en la emoción antes de que puedas formular con claridad qué significado adquirió la situación.
De ahí viene una experiencia que se escucha seguido en consulta y que suena contradictoria sin serlo: puedes entender perfectamente que una idea no es cierta y, aun así, seguir reaccionando como si lo fuera. Eso ocurre porque el esquema no está hecho únicamente de aquello que puedes discutir verbalmente.
La segunda. Un esquema tampoco es un pensamiento automático, aunque puede expresarse a través de ellos. Un pensamiento automático es una expresión puntual que se identifica y se examina. El esquema es una estructura más amplia, que organiza qué significados resultan especialmente disponibles o plausibles en una situación. Por eso rara vez se presenta como una idea a discutir. Se presenta como la forma en que son las cosas.
La tercera, y es la que sostiene el resto del artículo. La conducta no forma parte del esquema. Young la ubica del lado de la respuesta: lo que haces con el esquema es un estilo de afrontamiento. En una reformulación reciente del modelo, Arntz y colaboradores (2021) proponen llamarlos resignación, evitación e inversión, en lugar de los términos tradicionales rendición, evitación y sobrecompensación. Es lo que permite distinguir la estructura relativamente estable de lo que está ocurriendo en un momento concreto (Brockman et al., 2023).
¿Es un esquema o simplemente soy así?
Hay una frase que aparece seguido en consulta: es que yo soy así. Casi siempre se dice como quien entrega un dato inmodificable. Vale la pena escucharla con cuidado, porque quien la dice está reportando algo real. Percibe algo constante. Algo que no depende de la situación, que estaba ahí antes del episodio de ayer y sigue estando después.
La psicología de la personalidad tiene dos palabras para las dos mitades de esa intuición. Un rasgo describe regularidades relativamente estables en cómo alguien tiende a pensar, sentir o comportarse: ser más bien introvertido, ser más bien ordenado, por ejemplo. Un estado describe una condición del momento: estar irritado esta tarde, estar tranquilo ahora. Es la diferencia entre alguien ansioso y alguien que está ansioso. Cuando la gente dice yo soy así, está hablando de rasgo. Cuando dice se me sube de repente, está hablando de estado.
Un esquema tampoco equivale exactamente a un rasgo. Los rasgos describen regularidades amplias en el comportamiento; los esquemas intentan explicar patrones de significado más específicos sobre uno mismo y las relaciones, con un contenido reconocible y un origen biográfico. La relación entre esquemas y modelos contemporáneos de personalidad es más compleja de lo que hace falta resolver aquí. Basta señalar que un EMT no equivale exactamente a un rasgo.
Una forma útil de pensarlo, tomando prestada una distinción de la psicología cognitiva, es separar disponibilidad y accesibilidad. Una estructura está disponible cuando ya está formada y forma parte del repertorio con el que interpretas, aunque en este momento no la estés usando. Está accesible cuando además está organizando el procesamiento ahora, cuando es la que está dando significado a lo que ocurre. Un idioma que hablas sigue disponible mientras duermes; se vuelve accesible cuando alguien te habla en él.
Los esquemas funcionan de un modo parecido. Un esquema puede permanecer relativamente inactivo hasta que una situación con la temática adecuada lo activa, y su activación admite grados: puede encenderse mucho, poco, o de una manera apenas perceptible que se confunde con el ánimo del día (Arntz et al., 2021). Que no lo estés sintiendo ahora no permite concluir que la estructura haya desaparecido. Puede estar inactiva, o activada con una intensidad demasiado baja para resultar evidente.
Confundir no lo siento ahora con ya no existe mezcla dos cosas distintas: la estructura y su activación. Es un error de nivel de análisis, y vuelve confusa buena parte de la conversación sobre esquemas. También funciona a la inversa: sentirlo con mucha fuerza hoy tampoco dice que sea permanente en esa intensidad.
Con esto ya dicho vale la pena volver a la frase del principio. La observación que hay detrás de es que yo soy así suele ser correcta: hay algo que se repite y que no depende de la situación. Lo que no se sigue de ahí es la conclusión. De que algo tenga continuidad no se sigue que sea inmodificable, ni que sea tu identidad. Puede tratarse de una forma de interpretar que se instaló temprano y se sostuvo por buenas razones, que es una afirmación mucho más acotada y bastante menos definitiva.
Lo que sí aparece en los momentos difíciles
Lo que aparece tiene nombre. Un modo es el estado emocional, cognitivo y conductual que predomina en un momento determinado, relacionado con la activación de uno o varios esquemas y con la manera de responder a esa activación.
A veces el cambio es muy evidente: durante un rato piensas, sientes y actúas de una manera que después cuesta reconocer como propia. Otras veces el modo resulta tan familiar que ni siquiera se nota como un cambio, y se vive simplemente como estar siendo uno mismo. Los primeros son los que la gente registra, porque tienen bordes. Los segundos pueden confundirse fácilmente con carácter.
El modelo distingue varias familias de modos. Los modos de niño expresan estados emocionales y necesidades asociadas a experiencias tempranas, como el Niño Vulnerable o el Niño Enojado. Los modos parentales internalizados reproducen la voz exigente o punitiva con la que alguien creció. Los modos de afrontamiento son las formas de manejar la activación: desconectarse, someterse, contraatacar. Y el modo Adulto Sano es el que puede sostener todo lo anterior sin quedar dominado por ninguna de esas partes.
Bach, Lockwood y Young (2018) encontraron asociaciones entre los dominios de esquemas y la experiencia del modo Niño Vulnerable, consistentes con la organización que propone el modelo.
Un ejemplo de por qué la distinción importa. Dos personas con un esquema de fracaso. La primera se retrae, no manda su trabajo, evita las situaciones donde podrían mirarla de cerca. La segunda es impecable, no falla nunca, tiene un desempeño que nadie puede cuestionar. Por fuera no se parecen: una parece insegura y la otra parece sólida. Es un contenido esquemático parecido con dos formas distintas de responder a él. Si definiéramos el esquema a partir de la conducta observable, parecerían problemas distintos.
Cuatro procesos que lo sostienen
Un esquema no se mantiene por sí mismo. Para entender su mantenimiento podemos agrupar varios procesos descritos en la literatura en cuatro mecanismos, y ninguno de ellos requiere una activación intensa. Pueden ocurrir en días que se sienten completamente normales.
Sesgo atencional. Qué se guarda de una conversación de cuarenta minutos. El comentario que encaja con el contenido del esquema puede guardarse entero, con tono, con gesto, con la pausa que vino después, mientras el resto se difumina. No es una elección. Esa parte adquirió mucho más peso que el resto.
Sesgo interpretativo. Casi toda la información social es ambigua y la ambigüedad hay que resolverla de algún modo. Un mensaje que lleva seis horas sin respuesta admite muchas lecturas razonables. Suele llegar una, y llega antes de que alcances a considerar las demás. La rapidez de la asociación es lo que la disfraza de evidencia.
Selección de ambientes. A quién eliges, qué trabajo aceptas, de quién te alejas, qué relación te parece cómoda y cuál te parece aburrida. Esto no es masoquismo ni búsqueda del dolor. Muchas veces lo familiar se confunde con lo que tiene sentido. La literatura sobre esquemas y problemas interpersonales encuentra asociaciones consistentes en esa dirección, aunque la evidencia causal siga siendo limitada (Janovsky et al., 2020).
Afrontamiento que impide la desconfirmación. Este es el más importante de los cuatro. Si dentro del esquema está la expectativa de que mostrarse lleva al rechazo, y la respuesta a eso es no mostrarse, la situación que podría desmentirlo nunca ocurre. Como la evitación funciona a corto plazo (la ansiedad baja, el día se resuelve), lo que se refuerza es justamente el mecanismo que mantiene el esquema sin información nueva. Vale la pena recordar aquí que el esquema del que habla la psicología cognitiva y el esquema maladaptativo temprano comparten nombre y no son lo mismo.
Lo que tienen en común los cuatro es que no se experimentan como esfuerzo. Muchas veces no se sienten como estar defendiendo una posición. Se sienten como percibir con normalidad, como interpretar con sentido común, como elegir lo que a uno le gusta y como cuidarse de lo que incomoda. Esa es la razón por la que un esquema puede sostenerse durante años sin que nadie, incluida la persona, lo esté sosteniendo a propósito.
Nada de esto significa que todo lo que te pasa sea un esquema. Tu insomnio puede ser apnea. Tu dificultad para arrancar puede ser TDAH. Tu tristeza puede ser un duelo que no ha terminado. El esquema no necesariamente origina esos problemas. Puede, en cambio, organizar el significado que les das: qué dice de ti estar cansado, no poder arrancar o seguir triste. Y ese significado añade una carga que el problema original no tenía.
De dónde viene
Un EMT no se hereda ya formado ni suele surgir de un único episodio. Se va armando en la interacción entre el temperamento con el que llegaste y el ambiente que te tocó, a lo largo de años. Young describe cuatro vías: la frustración sostenida de necesidades emocionales, la traumatización, la identificación con una figura significativa (se interioriza lo que se vio, no solo lo que se hizo) y el exceso, que también deja marca cuando faltan límites realistas.
Detrás de esas vías hay un conjunto de necesidades emocionales. En la formulación clásica de Young se describen cinco grandes grupos: vínculo seguro, autonomía y competencia, libertad para expresar lo que se siente, espontaneidad y juego, límites realistas. Arntz y colaboradores (2021) han propuesto añadir dos más, coherencia del self y justicia, aunque esa reformulación todavía se discute. Desarrollaré más sobre las necesidades emocionales en otra entrada del blog.
Un niño no suele tener recursos para explicar su contexto con la complejidad de un adulto. A veces la explicación termina siendo hay algo mal en mí; otras veces, los demás no son confiables, el mundo es peligroso, o si necesito a alguien me expongo. Cada una de esas conclusiones puede contribuir a un contenido esquemático distinto, y por eso los esquemas no son variaciones de un mismo tema.
Vale la pena detenerse en algo que cambia el tono de todo esto. Muchos de los aprendizajes y respuestas de los que después emerge un esquema tuvieron sentido en el ambiente original. Leer el ambiente como peligroso es preciso si el ambiente era peligroso. Anticipar el enojo del otro antes de que ocurra es una habilidad si vivías con alguien impredecible. El problema aparece cuando esa lectura se generaliza y sigue aplicándose en contextos donde ya no es necesaria ni precisa.
Si no desaparece, ¿se puede cambiar?
Sí, el objetivo terapéutico no suele formularse como borrar el esquema, sino como reducir su fuerza, su activación y la certeza con la que organiza la experiencia. El esquema puede seguir apareciendo, pero pierde carga afectiva. Deja de sentirse como una descripción exacta de la realidad y empieza a sentirse como una voz conocida.
Deja de sentirse como una descripción exacta de la realidad y empieza a sentirse como una voz conocida.
Hay además una segunda mitad del asunto. Junto a los esquemas maladaptativos existen esquemas adaptativos, y no son el simple reverso de los primeros. Louis et al. (2018) mostraron que funcionan como un sistema con capacidad propia para predecir bienestar. Parte del trabajo consiste en fortalecer esos patrones adaptativos y reducir la influencia de los maladaptativos.
Esto explica por qué entender el esquema no basta. Si un EMT fuera solo una serie de ideas que pudieran corregirse hablando sobre ellas, discutirlas sería suficiente. Está hecho también de memoria, de afecto y de sensación corporal, así que la intervención tiene que llegar a esos registros. La reescritura en imágenes, por ejemplo, busca generar una experiencia emocional correctiva al trabajar con la memoria autobiográfica, capaz de modificar el significado y la carga emocional asociados a ella (Van der Wijngaart, 2021). El trabajo con sillas opera con una lógica parecida. Y la relación terapéutica funciona como un espacio donde ciertas necesidades emocionales pueden ser reconocidas y respondidas de una manera suficientemente distinta como para generar aprendizaje nuevo (Roediger et al., 2018; Rafaeli et al., 2011).
Lo que queda
La conclusión útil de todo esto no es que estés más determinado de lo que creías. Es que no necesitas esperar a estar activado para empezar a observar. Incluso en momentos tranquilos se pueden mirar los patrones de atención, de interpretación y de elección que suelen acompañar a un esquema, y ahí es donde se ven mejor, precisamente porque hay distancia.
Reconocer un esquema por escrito, mientras estás tranquilo, es una cosa. Cuando el esquema está muy activado, tomar esa distancia puede volverse considerablemente más difícil, porque su contenido se experimenta como un hecho y no como una lectura. Una de las funciones de la terapia es ayudar a construir esa distancia mientras el patrón está ocurriendo, hasta que esa distancia pueda recuperarse con cada vez menos ayuda.
Si algo de esto se parece a lo que te pasa, es exactamente el material con el que se trabaja en terapia de esquemas. Puedes agendar una sesión aquí:
Referencias
Arntz, A., Rijkeboer, M., Chan, E., Fassbinder, E., Karaosmanoğlu, A., Lee, C. W., & Panzeri, M. (2021). Towards a reformulated theory underlying schema therapy: Position paper of an international workgroup. Cognitive Therapy and Research, 45(6), 1007-1020. https://doi.org/10.1007/s10608-021-10209-5
Bach, B., Lockwood, G., & Young, J. E. (2018). A new look at the schema therapy model: Organization and role of early maladaptive schemas. Cognitive Behaviour Therapy, 47(4), 328-349. https://doi.org/10.1080/16506073.2017.1410566
Bär, A., Bär, H. E., Rijkeboer, M. M., & Lobbestael, J. (2023). Early Maladaptive Schemas and Schema Modes in clinical disorders: A systematic review. Psychology and Psychotherapy: Theory, Research and Practice, 96(3), 716-747. https://doi.org/10.1111/papt.12465
Brockman, R. N., Simpson, S., Hayes, C., van der Wijngaart, R., & Smout, M. (2023). From core emotional needs to schemas, coping styles, and schema modes: The conceptual model of schema therapy. En Cambridge guide to schema therapy (pp. 1-15). Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/9781108918145.003
International Society of Schema Therapy. (s. f.). Schema therapy central concepts. https://www.schematherapysociety.org/Schema-Therapy
Janovsky, T., Rock, A. J., Thorsteinsson, E. B., Clark, G. I., & Murray, C. V. (2020). The relationship between early maladaptive schemas and interpersonal problems: A meta-analytic review. Clinical Psychology & Psychotherapy, 27(3), 408-447. https://doi.org/10.1002/cpp.2439
Louis, J. P., Wood, A. M., Lockwood, G., Ho, M.-H. R., & Ferguson, E. (2018). Positive clinical psychology and Schema Therapy (ST): The development of the Young Positive Schema Questionnaire (YPSQ) to complement the Young Schema Questionnaire 3 Short Form (YSQ-S3). Psychological Assessment, 30(9), 1199-1213. https://doi.org/10.1037/pas0000567
Rafaeli, E., Bernstein, D. P., & Young, J. E. (2011). Schema therapy: Distinctive features. Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203841709
Roediger, E., Stevens, B. A., & Brockman, R. (2018). Contextual schema therapy: An integrative approach to personality disorders, emotional dysregulation, and interpersonal functioning. New Harbinger.
Van der Wijngaart, R. (2021). Imagery rescripting: Theory and practice. Pavilion Publishing and Media.
Young, J. E., Klosko, J. S., & Weishaar, M. E. (2003). Schema therapy: A practitioner's guide. Guilford Press.